CARMELITAS SAMARITANAS DEL CORAZON DE JESUS

ACOGIDA


Somos monjas de vida contemplativa, con clausura constitucional. Nuestro apostolado se centra principalmente en la escucha y contemplación de la Palabra de Dios, hecho presente en el misterio de su Corazón abierto, pero percibimos claramente que Dios nos pide mostrar la ternura de ese Corazón a los hombres trabajando y cuidando mucho la acogida de todos los que se acerquen a nuestros monssterios.

Nuestra clausura está al servicio de la acogida y de la Buena Noticia de que somos amados por un Dios que tiene Corazón de Hombre. Dar este testimonio es una de las finalidades de nuestra razón de ser en la Iglesia: para eso nacemos y existimos y lo entendemos como una misión que nos ha sido encomendada y a la que nunca, bajo ningún concepto, debemos renunciar.

Tenemos que luchar para que cada persona que se acerque a uno de nuestros monasterios se vaya consolada, confortada y sabiéndose amada y –en la medida de lo posible- socorrida en sus necesidades, porque es el mismo Corazón de Jesús que se nos acerca “disfrazado de…” que viene a nosotras diciéndonos: “Busco compasión y no la hay, consoladores y no los encuentro…”

Hemos de ver en cada persona que se acerque a nosotras almas que buscan a Jesús con sed ardiente aunque la mayoría ignoren que se están muriendo de sed. Es nuestra vocación mostrarles la Fuente de Agua Viva, ser samaritanas que cooperen en saciar la sed de ese Jesús que viene pidiendo y al mismo tiempo -aunque parezca paradójico- luchar por avivar en los hombres la sed de Dios, porque Jesús tiene sed de que los hombres tengan sed de El.

Estamos llamadas a saciar esa sed –de Jesús en su Corazón y de Jesús presente en los hermanos- haciéndonos agua para todos, esto es: por la oración personal, la abnegación evangélica y el testimonio de vida: escuchando, orando y dialogando con los que se nos acerquen.

Jesús llama a las almas: “Venid a mí”. Vienen a nosotras atendiendo a esta llamada y buscándole a El porque están “cansados y agobiados”. Hemos de ser esas manos maternales y “samaritanas” que alivien a todos estos hermanos que acuden a nosotras diciendo: “queremos ver a Jesús”. Hemos de ser el Rostro visible y encarnado de Jesús que acoge en su Corazón. Tenemos que aprender de El, contemplándolo largos ratos en el Sagrario, a ser mansas y humildes para que la humanidad reconozca y aprenda en nosotras el Corazón manso y humilde “que tanto ha amado a los hombres”.

No hemos de tener miedos ni respetos humanos a la hora de hablar de Dios y del Amor de Dios.

Estamos llamadas a ser samaritanas para Jesús dándole de beber a El y ofreciéndole nuestras vidas en amor para su sed. Y también samaritanas que curan las almas doloridas y sedientas que se nos acercan.

Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús    carmelitassamaritanascj@gmail.com