CARMELITAS SAMARITANAS DEL CORAZON DE JESUS

 

MI CORAZON NECESITA SER CONSOLADO 

 

 

Dios ha mirado a esta Comunidad de un modo especial.

Sus requerimientos a apiñarnos más y más en torno a su Corazón para beber de ese Manantial inagotable de Amor y Gracia, son continuos...

El saber que EL nos espera, que nos mendiga nuestro amor, nuestra atención, nuestro consuelo... debe aumentar nuestra confianza, nuestro abandono en El y en su Amor Misericordioso y el

convencimiento de que por eso nos ha escogido, por ser pobres, porque Dios "ha escogido lo necio del mundo, lo que no cuenta, para confundir a lo que cuenta", porque "su fuerza se realizará en nuestra debilidad".  

Jesús nos está llamando, nos está esperando ¿cómo vamos a quedar indiferentes? Vivamos, pues, con mayor fidelidad nuestra vocación de Carmelitas Descalzas, perseveremos en la oración  y  no seamos perezosas  para atender a la Llamada del Corazón de Cristo. Esta llamada no es individual, sino comunitaria, para responder en Comunidad, todas juntas, lo que implica –por supuesto- una mayor unión en caridad, una mayor abnegación personal y comunitaria.  

Hay dos puntos concretos en los que hemos de centrar nuestra atención y hacia los que hemos de tender: “Ser lámpara viva que se consuma por la gloria del Corazón de Jesucristo” y “hacer de nuestra Comunidad una casa en que tenga sus delicias”

  1) Ser lámpara viva que se consuma por la gloria del Corazón de Jesucristo

Respecto a ser Lámpara Viva... Son tantas las ideas que me vienen... Ser Lámpara Viva es recordar a los hombres que EL está ahí, en la Eucaristía, y recordarles que es verdadero Hombre y tiene Corazón... Que nos está esperando y desea nuestra compañía, nuestra intimidad. Percibo esa doble tarea para una Lámpara: consumirse y alumbrar.

Consumirse, gastarse, entregarse, inmolarse... Son palabras válidas para expresar esa entrega silenciosa, anónima y oculta de cada día...  Ser la llamita pobre y pequeña que arde día y noche ante el Sagrario caldeando, aunque sólo sea un poquito, la gelidez y el frío de su soledad, confortando un poquitín ese Corazón Divino que es vulnerable a nuestra indiferencia y tantas y tantas veces tiene que reprimirse en su deseo de darse a nosotros porque nuestro pecado, nuestro desamor, se lo impiden...

Alumbrar. Es un apostolado. Es el apostolado de Jesús mismo en el Sagrario. Es estar, permanecer... En silencio, sin ruido, solamente amando y –de alguna manera – patentizando que El es “el solo necesario”. Es dejar claro ante la humanidad que sólo El basta, que es el Camino, la Verdad, la Vida.... Que la inmensidad y gratuidad de un amor y una entrega como los suyos sólo pueden ser correspondidos deteniéndose a sus pies y gastando y desgastando la vida, cada minuto, cada segundo,  lo más cerca posible de EL. Es demostrar a nuestro mundo actual, tan agobiado y acelerado, que permanecer en EL, en su Amor, es “la parte mejor, que nunca nos será arrebatada”; es recordar a tantas almas generosas y cargadas de buenos deseos, que se entregan al apostolado activo de una manera febril, que Jesús llamó a los Doce “porque EL quiso, para que estuvieran con EL”. Sí: lo más importante, lo sólo necesario, es estar junto a EL.

 

  2) “Hacer de nuestra Comunidad una casa en que tenga sus delicias” y ayudarle a realizar la Gran Promesa

Empezar de manera real y comprometida, comunitariamente, a hacer vida su deseo de que le demos una casita “en que tenga sus delicias”. Ser de verdad almas que se inmolan y dan vida a la Imagen inerte que veneramos. Que nuestra entrega día a día, en la mayor fidelidad a nuestra Regla y Constituciones, siendo Carmelitas Descalzas hasta los tuétanos, en espíritu y verdad, y ayudarle a reinar, a realizar la Gran Promesa... Nos quiere especiales cooperadoras e intercesoras con El ante el Padre implorando constantemente Misericordia y Gracia para lograr su Reinado íntimo en las almas. Como EL cargar con el pecado del mundo e interceder ante el Padre pidiendo perdón, reparando y rogando y suplicando:  “¡que venga tu Reino!” A propósito de ese Reino se me ocurren muchas cosas, y más ahora en que nos puede parecer, por la época de descristianización y materialismo que nos ha tocado vivir, que ese Reino está más lejos que nunca, que la Gran Promesa es un espejismo... Debemos tener presente, para no desalentarnos nunca, que el Reino de Cristo –como EL se lo manifestó a Pilato- no es de este mundo, y –en consecuencia- no es ni comprendido, ni apreciado por este mundo y los poderosos e importantes de este mundo, sino que es acogido –sobre todo- por los pobres de espíritu y los humildes. EL sólo manifestó su realeza después de la Institución de la Eucaristía, después de Getsemaní, cuando ya había tomado sobre Sí todo el pecado del mundo, cuando ya se había entregado del todo en la Cena, cuando se había anonadado hasta lo más quedándose en la Eucaristía, tras haberles lavado los pies, y haber compartido el bocado con el traidor, tras haberse abierto camino en el corazón de sus apóstoles con aquella primera Comunión de ellos para poder reinar allí (es el reinado íntimo), tras haber pronunciado toda la oración sacerdotal (que no es sino un llamamiento al amor), entonces sí: ya dispuesto para la Pasión, para padecer, para consumar su Sacrificio, ya puede proclamarse Hijo de Dios (ante el Sanedrín, que ostentaba el poder religioso) y Rey (ante Pilato, que ostentaba el poder político y temporal).

Los signos de su realeza: la corona de espinas, los azotes, la mofa, la burla, los salivazos, el cetro de caña... su canto real es el cumplimiento del capítulo 53 del profeta Isaías: “Lo vimos sin aspecto atrayente, como un Varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el que se vuelve el rostro, despreciado, estimado en nada...” Todo ese pasaje estremecedor que deberíamos tener presente siempre... Y cuando “fue elevado sobre la tierra” lo fue colgando de la Cruz. En el colmo del fracaso –del aparente fracaso- es cuando EL “atrae las almas hacia Sí”. La Cruz es su Trono de Amor, el emblema de su Reinado, el regalo más preciado que EL dona a sus almas escogidas, a sus más íntimos... junto a la Cruz estuvieron su Madre, el ser humano que –sin duda alguna- EL más amaba y Juan, el discípulo amado que recostó su cabeza sobre su Corazón durante la Cena...

Desde la Cruz nos hizo regalos regios: el Paraíso a Dimas; el “Padre, perdónales”, que  resuena en el Corazón del Padre intercediendo por nosotros a través de todos los siglos; su Madre, que nos da por Madre nuestra; y después de entregada la vida, cuando ya todo se ha consumado, se rasga su Costado y nos entrega el mayor tesoro: su Corazón Sacratísimo para que nos refugiemos en EL... Pero no nos lo entrega intacto, sino que nos lo da cuando ya ha sido roto, rasgado, de tanto amar a los hombres. Ya lo ha “reventado” el amor, ha “estallado” de amor, como si el Corazón humano del Hijo de Dios no hubiera podido soportar la infinitud de su propio amor al hombre. Su Corazón se rompe, Víctima de su propia Pasión de Amor...

Sí: hoy día este es el Reinado que deseamos y debemos procurar: ante todo el reinado íntimo de su Corazón. Que EL reine en las almas, y lo demás –el Reinado social del Corazón de Jesucristo- se nos dará por añadidura... Primero es precisa esa conversión de las almas, y eso se logra principalmente con la oración y la reparación.

Tras ese Corazón de Jesús está el fondo y el fín... ¿Quién fue la primera y singular criatura asociada a la Redención de Cristo? María. María en y desde Nazaret. María Virgen –sólo para Jesús- y madre –Madre almas y Madre para todos-. Con Ella, Medianera de todas las Gracias, podremos ser fieles a esta llamada que nos está haciendo, a grandes voces,  el Corazón ardiente de Jesús.

Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús    carmelitassamaritanascj@gmail.com